del libro
PREDiSPOSiCiÓN DE LAS UVaS
PADILLA LIBROS
c/ Feria, 4. Sevilla
del libro
PREDiSPOSiCiÓN DE LAS UVaS
PADILLA LIBROS
c/ Feria, 4. Sevilla

Daniel Lebrato
Sevilla 1954
Tiene publicado en verso:
1.De quien mata a un gigante.
Jerez, 1988
(Isbn 84-86712-017)
2.De amor como disparos.
Tenerife, Nuestro Arte, 1995
(Isbn 84-89350-01-9)
3.¿Quién como yo?
Huelva, Colección Juan Ramón Jiménez, 1997
(Isbn 84-8163-098-5)
4.Hacia.
Sevilla, Qüasyeditorial, 1999
(Isbn 84-8743-5-58-0)
5.Alimañas (sobre óleos de Buly).
Sevilla, el Sobre Hilado, 2001
(Isbn 84-8434-078-3)
6.Elecciones generales Todo a cien.
Madrid, SimLibros, 2009
(Isbn 978-84-613-4060-6)
Daniel Lebrato obtuvo accéssit del Premio Rafael Alberti de Poesía
año 1996
Ha editado además
7.Gracias y desgracias del ojo del culo, de Francisco de Quevedo
Sevilla, Padilla Libros, 1996
(Isbn 84-87039-48-0)
Es corrector de la colección El Sobre Hilado, de Sevilla.
Daniel Lebrato
Sevilla 1954
Profesor de Lengua y Literatura en el Instituto San Isidoro de Sevilla
vive en Sevilla:
c/ Juan Rabadán 46,
41002 SE
tf. 669 82 38 90
daniellebrato@gmail.com
“Autor en quien lo biográfico se somete a un descarnado e irónico sentido del humor a través de un lenguaje en que los juegos verbales y dobles sentidos actúan contra los excesos de la melancolía” (Jesús Bregante: Diccionario Espasa de la Literatura Española, 2003)

CURRÍCOLON
Cirugía y anatomía (patológica, se entiende) pusieron de su parte Entre las múltiples cacofonías, aquí el muchacho que ha puesto por la suya pólipo, adenoma y adeno carcinoma, suficiente como para escribir treinta centímetros de un pésimo poema iba a decir poenoma Se supone que dentro del cacho de carne como un morcón allá que han ido a la basura previo laboratorio con plastias y neoplasias los dos paquetes de tabaco, el café negro, la blanca navidad del aguardiente y la vieja bulimia anoréxica de botellines y serpentines ciegos con los excombatientes whiskys y antigua nicotina que tampoco ha prescrito Dirán que no es quimioterapia Biopsia: nunca sabremos si al microscopio se han visto los tres divorcios como tres úlceras con sus correspondientes pleitos, dos hijos con semejantes novias y carreras, algún temario gris de los de todo a cien para las oposiciones, broncas de padre, pánicos de madre y muy señor mío palos que te dejan compuesto y sin pan carta, cosas que pasados los cincuenta nos llevan al quirófano por si acaso otros cincuenta y que nos hacen ir al váter con la misma ilusión que cuando éramos chicos
«Sólo un imbécil dice la verdad cuando le preguntan
por su salud o por el libro que está escribiendo.»
$ Daniel Lebrato, Filosofía de la Verdad
HABLANDO EN FERMO
Escribo estas líneas como los grandes: desde la cama. Un ordenador portátil me distingue de Marcel Proust y otros enfermos imaginarios, pero igual que ellos yo también salgo en el isbn. Por eso algunos esperan de mí que, aprovechando esta interminable convalecencia, acreciente mi obra y le añada un volumen, ese volumen definitivo. Aunque lo mío ha sido el verso de brevedades, oigo decir: De ésta sales con una novela o Estarás escribiendo mucho, ¿no? No. Los que trabajan se creen que estando en cama todo es tiempo libre y, que en el caso de un escritor, la obra vendrá sola. No me quejo. En quien se deposita la fe se pone la esperanza y sin duda la caridad.
PEDRO DOMÍNGUEZ: DANIEL REGRESA A SU COLLAR
Daniel Lebrato, matador, virtuoso guardián de gigantes, volvió ayer tarde al Collar de la Paloma. Pisó de nuevo el Instituto como el asesino pisa la alfombra limpia ya de sangre, sonriendo. A media mueca labio, cigarro y vino. Un sorbo de aire fresco, un beso a Maribel, un coño contenido, un regate a la nostalgia, un ¿pero no se había muerto?, un hostias, qué carajo, un adiós sin estridencias.
Daniel Lebrato regresó al Instituto. Ahora con nombre y sin torre de Babel. Fernando Murillo la levantó con los huesos de las sillas y las mesas a las que los alumnos nos encargamos de arrancarles la carne y un lumbreras la derribaría años más tarde. Daniel llegó y nos trajo de nuevo un trocito de La Paz, dos líneas de Borges, algún eructo. Llego para conmemorar, para recordar que hubo un tiempo en el que conjugábamos el verbo, el humo del cigarro, la vigilia de las noches, el brandy entre los dientes. Y no vino solo. Allí estaban Juan Martínez, Fernando Murillo (el Django Reinhardt y el Stefan Grappelli de la Clara), el tomillo verde de Juan Romero, la tremenda Maribel. Un paseo por los ochenta y pocos. El Diego Angulo (qué raro nos suena) ha cumplido treinta años. Y los ha celebrado en familia. Conferencia, almuerzo y placa. Cachito de nosotros entre sus aulas. Me fui y no le comenté a Daniel que lo último que había hecho precisamente en el escenario sobre el que estaba subido era un montaje de Piazzola. No sé si su buril titubea, pero sé que hace frío en la Acrópolis y que la sangre de su gigante sigue siendo azúcar en mis manos.
Efectivamente da coraje (¡qué coraje! era uno de los gritos de guerra de entonces) que muchos descubran un continente y uno solo le dé luego el nombre: América. El triángulo de aquellos años fue de Instituto, Ayuntamiento y Movida (Tumba del cojo, Claraboyas y Casablancas). Lebrato no fue más que un gestor oportuno. El triángulo era equilátero, una banqueta con tres patas, le quitas alguna y no se sostiene. Daniel lo dijo en el teatro: "Yo no debía estar en esta mesa. El instituto lo hizo el pueblo, profesores hubo hijos del pueblo, hijas del pueblo, y la prueba está que yo me fui, otro amor yo tendría, y vosotros habéis seguido". Renteros, Arroyos, Romeros, Almeidas, Villadeamigos, conmigo vais como los Campos de Soria, mi corazón os lleva. Sin culto a la personalidad, Daniel Lebrato cuenta que cayó de chico en una asamblea y desde entonces todo lo somete a votación. Experto en minorías, la mayoría de las votaciones, soy especialista en perderlas y por eso el gigante. La de Valverde tuve la suerte inmensa de ganarla con ustedes. Pero como Valverde también se mira mucho al ombligo, lo que yo quiero a Valverde y lo que Valverde se merece por méritos propios, eso no lo diré. Eché de menos mis gafas oscurísimas, mi cuello alzado y mi bufanda para perderme y no ser visto, para verles a ustedes sin que sonaran ni mi cara ni mi nombre. Ahora que he sido descubierto, ahora que sabéis que estuve, Pedro Domínguez, puedo/tengo que regresar más a menudo. Un abrazo vivo.